Deghoel apretaba fuertemente contra su pecho la piel de la presa por la que tan duramente había tenido que pelear a tempranas horas de la mañana. Aún apreciaba en la nariz el intenso olor a hierba húmeda por el rocío del alba; sentía la cara tirante por la pintura de camuflaje que seguía en sus mejillas; y pudo ver con nitidez la mirada de su trofeo cuando le mató. Al recordarlo su cuerpo volvía a estremecerse por el miedo al fracaso, más que a la muerte. Cerró los ojos y pasó de escuchar los cánticos de su alrededor para sumergirse en la pelea cuerpo a cuerpo que tuvo con la bestia una vez que su tío Darmiel, jefe del ejercito de Duriechst, diera la señal para que atacaran. Deghoel vio que la lanza alcanzaba al lobo. La adrenalina que le inyecto esa imagen hizo que llegara hasta él de tres zancadas. Era un lobo joven; de pelaje marrón que iba tiñendo su cuerpo hasta terminar en unas patas negras; y a falta de algún que otro diente tenía unos largos colmillos afilados con los que se defendió heroicamente haciéndole un profundo arañazo en el brazo, pero una vez que Deghoel sacó su cuchillo se acabó todo. Los cánticos de la fiesta volvieron a sonar y la herida del brazo le sangraba, a pesar de las curas naturales que le hizo su madre, pero no le importaba, sería un bonito recuerdo con lo que venerar a su presa.
Ya faltaban pocos minutos para que su iniciación en el mundo adulto llegara a su fin con la danza “La caída del diablo” y así poder centrarse en la conquista de la hermosa Disaela, esa pelirroja y alocada chiquilla que le había hechizado desde el primer momento que la vio, bebiendo en la fuente del pueblo y cuando pasó a su lado ella puso su pulgar sobre el grifo y le salpicó entero. Deghoel se había marcado esta fecha como límite para hacerla suya. La buscó con la mirada para secuestrarla en cuanto acabara la celebración y decirle el discurso que se había estado preparando durante meses, casi más que el entrenamiento para cazar a la bestia. Allí estaba, al otro lado del ardiente fuego que impedía distinguir donde empezaban las llamas y donde terminaba su melena. Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando sus miradas se cruzaron, su cuerpo avanzó unos pasos, pero entonces su amigo Dutxel le agarró del brazo y le arrastró al baile que estaba a punto de empezar cortando toda comunicación visual con Disaela.
Deghoel se posiciono entre sus jóvenes compañeros para comenzar el ritual. Apretó fuertemente la piel del lobo pardo y pensó en lo mucho que le hubiera gustado que fuera albino, pero hacía noventa y seis años que no se veían uno.
