El despertar del Cazador

Posted: 1 junio, 2011 by nuky in Fantasía

Deghoel apretaba fuertemente contra su pecho la piel de la presa por la que tan duramente había tenido que pelear a tempranas horas de la mañana. Aún apreciaba en la nariz el intenso olor a hierba húmeda por el rocío del alba; sentía la cara tirante por la pintura de camuflaje que seguía en sus mejillas; y pudo ver con nitidez la mirada de su trofeo cuando le mató. Al recordarlo su cuerpo volvía a estremecerse por el miedo al fracaso, más que a la muerte. Cerró los ojos y pasó de escuchar los cánticos de su alrededor para sumergirse en la pelea cuerpo a cuerpo que tuvo con la bestia una vez que su tío Darmiel, jefe del ejercito de Duriechst, diera la señal para que atacaran. Deghoel vio que la lanza alcanzaba al lobo. La adrenalina que le inyecto esa imagen hizo que llegara hasta él de tres zancadas. Era un lobo joven; de pelaje marrón que iba tiñendo su cuerpo hasta terminar en unas patas negras; y a falta de algún que otro diente tenía unos largos colmillos afilados con los que se defendió heroicamente haciéndole un profundo arañazo en el brazo, pero una vez que Deghoel sacó su cuchillo se acabó todo. Los cánticos de la fiesta volvieron a sonar y la herida del brazo le sangraba, a pesar de las curas naturales que le hizo su madre, pero no le importaba, sería un bonito recuerdo con lo que venerar a su presa.

Ya faltaban pocos minutos para que su iniciación en el mundo adulto llegara a su fin con la danza “La caída del diablo” y así poder centrarse en la conquista de la hermosa Disaela, esa pelirroja y alocada chiquilla que le había hechizado desde el primer momento que la vio, bebiendo en la fuente del pueblo y cuando pasó a su lado ella puso su pulgar sobre el grifo y le salpicó entero. Deghoel se había marcado esta fecha como límite para hacerla suya. La buscó con la mirada para secuestrarla en cuanto acabara la celebración y decirle el discurso que se había estado preparando durante meses, casi más que el entrenamiento para cazar a la bestia. Allí estaba, al otro lado del ardiente fuego que impedía distinguir donde empezaban las llamas y donde terminaba su melena. Un escalofrío le recorrió el cuerpo cuando sus miradas se cruzaron, su cuerpo avanzó unos pasos, pero entonces su amigo Dutxel le agarró del brazo y le arrastró al baile que estaba a punto de empezar cortando toda comunicación visual con Disaela.

Deghoel se posiciono entre sus jóvenes compañeros para comenzar el ritual. Apretó fuertemente la piel del lobo pardo y pensó en lo mucho que le hubiera gustado que fuera albino, pero hacía noventa y seis años que no se veían uno.

El despertar del Cazador.

Posted: 11 enero, 2011 by juansim87 in Fantasía
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SUCESIÓN

En el pueblo de Duriechst se celebra que hace noventa y seis años los humanos vencieron sobre las bestias de la noche, dando caza al cazador nocturno. Hoy, 24 de octubre, comienzan las fiestas que culminan con la despedida a los muertos una semana después. Los niños que pasan a ser adultos en la localidad tienen que seguir un rito esta noche como parte de su madurez: tras haber participado en la batida de caza del lobo por la mañana temprano, siempre con la supervisión de los cazadores del pueblo, matan cada uno a una presa a la que después desollan. Limpian la piel por la tarde y por la noche visten su trofeo ante el resto del pueblo, a la vez que realizan una danza llamada “La caída del diablo”. Finalmente, tienen que beber un trago de la sangre de la bestia vencida y a continuación se lavan la boca con su primer trago de vino. Luego pueden intentar cortejar a las jóvenes del lugar aprovechando la única noche en que los padres desatienden sus quehaceres como protectores de la pureza de sus hijas.

Es, en definitiva, un día de fiesta para toda la próspera comunidad, que además atrae gentes de toda la comarca. Tras casi cien años sin el azote de las sombras, Duriechst es el pueblo más boyante de la linde de los bosques del Oeste. La mayor preocupación de sus habitantes es acumular viandas de un año a otro para celebrar su gran fiesta de la liberación.

* * *

Las ramas del bosque profundo le herían en su carrera frenética. Heridas leves que se cerraban casi instantáneamente. Sin embargo, algunos árboles, estremecidos por su oscura presencia, intentaban apartarse a su paso. No les daba tiempo. Algunos caían ante la fuerza de sus miembros, otros perdían de un zarpazo su corteza. Las rocas se partían cuando las pisaba. Si su objetivo hubiese sido cualquier animal de la foresta, habría muerto intimidado por la rabia de su mirada.

Pero no. Simplemente no había objetivo. Perdida su humanidad, su capacidad de razonar, se movía por impulsos. Olor. Tacto. Vista. Cerca, cerca, continúa. Eran las únicas palabras que entendía su cerebro. No había objetivo. De momento.

Llegó al Saliente de los Aullidos. Siglo tras siglo, de entre los de su especie hay uno que reclama la jefatura de la manada de los territorios del Oeste, al modo de sus primos menores. Un “primus inter pares”, que organiza a los suyos. Tras combatir a algunos candidatos, el vencedor comienza su marcha triunfal por el bosque hacia su trono, el Saliente de los Aullidos. La bestia se alzó sobre sus patas traseras y miró a la única señora a la que rendía pleitesía: la Luna, Reina del Cielo Nocturno.

En toda su inmensidad, el licántropo alcanzaba fácilmente los 2 metros y medio de altura. Las fuerzas de la naturaleza parecían doblegarse ante él. Inspiró el aire gélido de la noche. Su pecho se hinchó, sus músculos se tensaron, la mirada fija en su Señora. Y lo que salió de su garganta no fue un aullido común. Fue el grito desgarrado de un humano desesperado por la incomprensión de sus semejantes. El rugido de un demonio sediento de sangre. El Canto de la Muerte. Su llamada fue contestada desde otros puntos del inmenso bosque. Desde el Lago Negro, desde el Círculo de los Ancestros, desde las Rocas Pardas, se alzaron aullidos como una letanía siniestra. La bestia, enfebrecida, miró hacia la linde del bosque, donde ardían las hogueras de la fiesta de Duriechst. No la miró con ansias de venganza. No la miró con desprecio. No la miró con pena. Su cerebro sólo pudo concebir una idea.

Hora de cazar.

Capítulo 10

La Beretta sólo guardaba una última bala. Caprichos del destino. Una bala para dos pájaros. ¿A quién disparar? El botones parecía inútil, pero tenía en su mano una Colt Commander 45. Debería ser, por lógica, la víctima. Sobre todo teniendo en cuenta que el otro objetivo susceptible de recibir el último beso de plomo no era otra que Julia, la tan amada y odiada. ¿Cómo iba Camillo a matar a Julia? Aunque lo cierto es que Julia no necesitaba ninguna Colt Commander para ser peligrosa: ella se bastaba solita. No era una elección fácil.

Apenas cinco minutos había tardado la extraña pareja en llegar desde la cuarta planta hasta el garaje. Un pensamiento obvio pero infalible: necesitaban un coche para escapar. Claro que Camillo era perro viejo. El Lamborghini no saldría de aquel garaje mientras él pudiera evitarlo. El único problema era que le dolía la pierna que un espontáneo le había baleado por azar y sin tiento. “Si te van a matar, que al menos sepan dónde hincarte la bala”, pensó mientras decidía dónde meter la suya. No era fácil con tanto metal alojado en el hueso. La fiebre había sacado a bailar a su muñeca y le temblaba el pulso. No podía disparar agazapado desde detrás de un pilar. No, al menos, con una sola bala. Optó por acercarse a saludar.

“Hacéis buena pareja”. Como saludo no fue nada del otro mundo, pero le permitió aproximarse dos pasos Beretta en ristre. “Dame el reloj, princesa”. Ella miró despreocupada. Por algún motivo parecía saber que Camillo la estaría esperando allí; aunque lo cierto es que ella siempre parecía saberlo todo. “¿Para qué lo quieres, Camillo? Ni siquiera te imaginas lo que hay dentro”, dijo. Camillo sonrió y dio otro paso. El perfume de Julia se había arremolinado con el olor a queroseno. “Por supuesto que lo sé”.

Y era verdad. Por una vez en su vida Camillo se había preocupado por conocer el motivo de alguno de sus disparos. Pero no era más feliz por eso: al contrario. Lo que había dentro del maldito reloj no merecía tanta sangre. Dio otro paso. Julia miró a Pedrito y le ordenó con sus pestañas que disparase la Colt, pero Pedrito no se enteró. Camillo aprovechó para arrastrar un poco la pierna del balazo. Tres pasos más y los tendría a tiro. A los dos.

“Vamos, guapa. Sabes que no merece la pena. Sólo es un trozo de papel”. Medio paso. Sólo medio porque en esta ocasión se creyó lo que estaba diciendo. Al fin y al cabo era cierto: un simple trozo de papel. “Entonces sabrás que me pertenece”, gimió ella frunciendo los labios de manera infantil. Camillo, efectivamente, lo sabía. Se había estudiado bien la historia. Dos sellos suecos idénticos impresos con el mismo error. Sólo dos. Nada más. A algún idiota se le ocurre comprarlos por veinte mil veces su valor en vez de tirarlos a la basura y ya está: pieza de coleccionista. Cayeron en manos del tío anticuario de Julia Dios sabe cómo y no se le ocurrió otra cosa que quemar uno. Así, sin más. Con un cigarro y delante de catorce personas. El sello superviviente dobló, obviamente, su valor, y el anticuario decidió esconderlo en un reloj antes de que lo mataran. Marinetti tuvo la gentileza, por supuesto, y se llevó una joya que nunca supo abrir y que terminaría siendo su sentencia de muerte. Por la nostalgia, Camillo dio un paso más.

“Cuando las cosas valen la vida de un hombre dejan de tener dueño, cielo”, apostilló de un golpe, y añadió: “dame el reloj y le perdono la vida al chaval”. Pedrito se asustó de pronto al sentirse interpelado. Camillo sabía que no era motivo suficiente como para entregar el preciado objeto, y se sentía mal por la mentira a pesar de estar ya acostumbrado: siempre recordaba que no tenía corazón cuando se molestaba en fingir tenerlo. Pedrito levantó la Colt. Temblaba. Por un segundo Camillo pensó que sería cómico que ambos errasen el tiro por sus respectivos temblores. Para asegurarse dio el último paso.

“¡Dispara!” ordenó Julia, esta vez de manera verbal. Pero fue tarde. Pedrito cayó sobre el capó del Lamborghini abatido de un balazo en el pecho. Hubiera sido más rápido en la cabeza, pero Camillo no tenía nada en contra de la madre del chaval. Mejor así. La Colt cayó lejos del alcance de Julia. “Ahora dame el reloj, pequeña. No lo empeoremos.”

Julia miraba el cuerpo de Pedrito mientras Camillo la encañonaba con una jugada de farol. No hubo lágrimas. Metió la mano en el bolso. Camillo intentó acercarse un paso más, pero no pudo mover la pierna. No tenía la menor idea de qué iba a hacer con una pistola descargada y un Lamborghini que no podía conducir. ¿Aguantaría Julia el farol o tendría la amabilidad de llevarle al aeródromo? Tocaba improvisar, o eso creyó durante un instante. Fuera se oyeron sirenas. La cosa apremiaba, y el corazón de Camillo estaba regando el suelo del garaje con más sangre de la que debería. Afortunadamente, Julia le solucionó rápido la papeleta.

“Si te van a matar, que al menos sepan dónde hincarte la bala” pensó cuando vio el resplandor de la Remington 1911-R1 al salir del bolso. Casi tuvo tiempo de preguntarse de dónde demonios la había sacado. Por supuesto no tenía ni idea de que era la misma pistola que media hora antes le había perforado el muslo. Ya daba igual. Camillo recibió el balazo sonriendo. No se puede ir de farol con quien se guarda un as en la manga. Probablemente Julia se marchara con su sello y el Lamborghini antes de que llegara la policía. Por supuesto no habría lamentos: todo formaba parte de su plan. Todo menos Camillo, pero tampoco es que le importara demasiado. De hecho Camilo nunca le importó demasiado.

Mientras caía sintió el calor de la sangre en su cara. Julia sabía bien dónde meter la bala. De hecho fue el mismo Camillo quien le enseñó. Nada especial, sólo un adiestramiento rápido. ¿Cómo iba a saber nadie que todo lo que perseguía Julia era venganza? Marinetti podía darse por muerto. Daba igual dónde se escondiera ni cuántos guardaespaldas contratase. Julia descubrió quién era el auténtico con sólo encargar el desayuno. Luego todo era cuestión de tiempo. Y habría hecho un gran trabajo si hubiera estado sola en el juego.

Desde el suelo, sobre su propia sangre, Camillo la vio arrancar el Lamborghini. Fue lo último que vio antes de que su cerebro cortase la corriente. En cierta forma, había sido una buena jugadora. Camillo relajó sus músculos y se preparó para morir. Notó pisadas a su alrededor. Alguien le zarandeó, pero no pudo oírle. Un poli, probablemente. Le daba igual. No sentía dolor, ni miedo, ni ira. Sólo notaba la sensación de vacío de los que no tienen conciencia y sintió, en la última bocanada de aire que entró en sus pulmones, el aroma de las rosas salvajes bañadas en queroseno.

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Posted: 9 diciembre, 2010 by diegosanchez85 in Novela Negra, Pensión Completa

Capítulo 9

Tic, tac, tic, tac, tic, tac…

En los hoteles siempre había alguien paseando de aquí para allá. Y normalmente ese alguien era yo. Ya estaba harto. Que si Pedrito esto, que si Pedrito lo otro… Cuando no era una maleta dañada, era la de la limpieza, que necesitaba ayuda, y cuando no, me mandaban aparcar el coche a algún capullo engreído. Pocas veces podía uno disfrutar del silencio en aquel hotel incongruente. Sí, incongruente. ¿Cómo diablos se atreven a decir en los anuncios que es de lujo si los ventiladores siempre están rotos? Eso por no hablar de las recepcionistas. El desquiciante ruido de Sarita mascando chicle rompía los escasos segundos de silencio de los que yo pretendía disfrutar. Pero ahora… Ahora era diferente.

Tic, tac, tic ,tac…

Tan sólo se escuchaba el sonido imparable, inquebrantable, del extraño reloj que acababa de encontrar. Bueno, no sé si “encontrar” es la palabra apropiada. La verdad, no podría encontrar una palabra adecuada para aquella situación. La puerta de la 415 parecía el final de Reservoir Dogs: cuerpos sin vida esparcidos por el suelo y manchas de sangre goteando por las paredes. Los dos Marinettis yacían aparentemente sin vida en el suelo enmoquetado del pasillo. El más bajito y gordo se había llevado la peor parte y sangraba a borbotones de una herida de bala en el pecho.  Intenté pasar por alto la herida de su cabeza para no terminar vomitando. El otro Marinetti yacía en mitad del pasillo. Parecía respirar pero, la verdad, no me paré a comprobarlo. Me importaba menos que nada la vida de ese tipo.

Contemplando aquella dantesca escena casi me da el segundo infarto de la semana (no olvidemos que al aparcar el lamborghinni de Pietro casi tuve el primero). Y no es que me impresionara la cantidad de sangre, ¡qué va! Veo demasiada televisión para que me impresione. El susto me lo llevé cuando la mano del detective, cuyo cuerpo yacía también en el suelo del pasillo y al que yo daba por muerto, me agarró del tobillo y me hizo trastabillar. “¿Por qué la gente prefiere disparar a preguntar?”, me susurró el hombre, escupiendo sus últimas palabras por la boca. Teniendo en cuenta la miserable vida del detective, quizá sea mejor que muera así.

Si el pasillo ya parecía un campo de batalla, el panorama en el interior de la 415 se asemejaba al de una sala de tortura: salpicaduras de sangre decorando las paredes, casquillos de bala repartidos por el suelo, restos de cristales rotos y, en el techo, uno de esos ventiladores “de lujo” decidía si desplomarse al suelo o aferrarse un poco más al privilegiado punto de vista que tenía sobre esta masacre. Le eché un vistazo a toda la habitación desde el pasillo, siguiendo con la vista un pequeño reguero de sangre que se perdía tras la puerta del servicio, pero qué quieren que les diga, no soy lo que se dice un héroe precisamente. Mi cobardía me ha privado de muchas cosas en esta vida, entre ellas pedirle una cita a Julia, una chica joven y dulce que se ha portado genial conmigo desde que llegó. ¿Acaso esperaban que atravesara la puerta de aquella habitación ensangrentada?

Tic, tac, tic, tac…

El segundero proseguía su inquebrantable camino. Me deslicé hacia la intimidad de las escaleras de servicio. Me senté en un peldaño para  analizar la situación, entre el piso tercero y el cuarto, sumergido entre las sombras de una escalera solitaria.  En una mano un antiguo reloj y en la otra, un arma. Yo, Pedrito, con una pistola. Seguro que si Julia me veía se sentiría atraída por mí. A las mujeres les gustan los hombres duros y peligrosos así que caería rendida a mis pies. Empecé a imaginarme lo que sería encontrármela, seducirla gracias al poder de atracción de un hombre con pistola, acariciar sus cabellos, agarrar su mano, besar sus labios, tocar sus… ¡Madre mia! Es increíble la seguridad que te da tener un arma de fuego entre las manos.

Tic, tac, tic, tac…

Pero, “¿qué diablos tiene este reloj para que todos maten por él?”, dije en voz alta. Sí, es algo que el director, Alphonso, me había repetido varias veces. “Deja de hablar sólo por los pasillos, Pedrito, que me asustas a los huéspedes”. Mientras el eco de aquellas palabras resonaba en mi cabeza, comencé a inspeccionar el reloj detenidamente. Descubrí una pequeña rueda que al girarla hacía pasar una serie de números dentro del curioso artefacto. Parecía la forma de introducir un código, una clave secreta… O quizá tanta sangre había terminado por volverme loco y no era más que un antiguo reloj sin importancia.  “Y ahora, ¿qué hago yo con esto?” Me dije de nuevo en voz alta.

“Ahora lo verás”, dijo Julia saliendo de entre las sombras como una aparición. Su perfume flotó ligero, embriagador, en el ambiente frío de las escaleras. Hipnotizado por su presencia el susto se me pasó rápidamente. Sin decir ni una palabra agarró el reloj, hizo girar la rueda y me lo devolvió. Se quedó allí delante. Mirándome a los ojos. El insólito silencio sepulcral imperaba de nuevo en el hotel, sólo roto por el sonido inquebrantable del segundero. Un sonido que, esta vez, se quebró.

Tic, tac, tic, tac, tic, tac…

¡CLICK!

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Posted: 6 diciembre, 2010 by diegovigilante in Novela Negra
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Capítulo 8

Nada es tan sencillo como parece; al final, todo se complica. Siempre. Francesco Marinetti discutía con Francesco Marinetti en uno de los pasillos del hotel. La muerte del sicario de los Ancelotti había acelerado los planes. El objeto ya no estaba seguro en aquel sitio, ni tampoco ellos. “Dejar pruebas siempre es malo…”, aseveró uno de los Marinetti, el más bajito y gordo, que parecía enfurecido con su interlocutor, un hombre fornido, alto y de expresión adusta. Él le contestó con el silencio, el mismo silencio que reinaba en la zona.

El silencio sepulcral era imperante, algo anormal en un lugar lleno de ebullición. En los hoteles siempre había alguien paseando de aquí para allá, ya fuera un huésped que peleara con su llave para entrar en su habitación, la señora de la limpieza que quería cambiar las toallas o el personal del servicio de habitaciones caminando con rapidez para que la suculenta comida que les habían pedido no se enfriara en la “campana” por el camino. Aquel silencio no presagiaba nada bueno. Quizá fuera la calma que siempre precede a la tempestad.

“¿Azulejos de baño rojos? Qué idea más estúpida”, pensé mientras amartillaba por segunda vez mi Beretta. Ahora me la estaba jugando al todo por el todo, eso estaba claro. Las cartas estaban sobre la mesa y yo no tenía ni una triste pareja… me sorprendió aquel pensamiento porque me recordó a ella. Ni siquiera lo sabía, pero ella era la clave de todo. Ella pensó que mi yugo durante todo este tiempo era una especie de maltrato, pero en realidad era por su protección. Por su bien. En lo más hondo de sus recuerdos conocía la manera de activar el mecanismo… No había tiempo para aquello. No había tiempo para recuerdos melodramáticos. Ahora no. Las voces se acercaban a mi posición, ya me encargaría del tema de Julia más tarde. Si juego bien mis cartas puede que, después de todo, esto tenga un final feliz… Disparé. Mi pistola comenzó su orgía de sangre, metal y carne desgarrada.

Seguro que Pietro no venía sólo. Lo sicarios trabajan mejor individualmente, pero casi siempre se cubren las espaldas. Y en el mejor de los casos, si fue tan idiota como para venir sin acompañante, ellos pronto mandarían un sustituto, quizá mandaran a Camilo Salviati, su hombre de mayor confianza. Nos conocíamos desde siempre y nunca me había caído demasiado bien, pero quizá haber matado a “El Guapo” no hubiera sido buena idea después de todo. Lo que sí estaba claro es que dejar pruebas siempre es algo malo para el oficio, en eso Marinetti tenía razón. Por mucho que me pesara, el jefe solía estar en lo cierto; era algo que había aprendido durante estos años en los que he sido su guardaespaldas. También reconozco que la tapadera basada en el mismo nombre era un buen plan. “Dejar pruebas siempre es malo… ni que decir de dejar cuerpos…”, exclamó el verdadero Francesco Marinetti, de nuevo. “Ahora nos toca cambio de planes: nos separaremos. Tú deshazte del cuerpo, mientras yo voy en busca de la pieza de Grignaldi. Nos veremos en el coche”. Le escuché con atención, sin saber que ésas serían sus últimas palabras. Fue entonces cuando comenzaron los disparos. Provenían de la habitación 415. Apunté con mi Winchester y también disparé.

Empezaba a ser costumbre estar tirado en la cama de mi habitación del hotel. Las aspas del ventilador tenían sobre mí un efecto hipnótico. Mientras encendía un nuevo cigarrillo, seguía debatiéndome sobre mi siguiente paso. Qué haría ahora que mi único amigo estaba muerto. Quizá debería haber intervenido, quizá podría haberle salvado la vida… o puede que no hubiera conseguido nada más que mi propia muerte como pago. Unos ruidos en el pasillo me sacaron de mi ensoñación, me acerqué a la puerta al tiempo de escuchar una extraña frase: “Dejar pruebas siempre es malo…”. Me asomé a la puerta al tiempo de ver como dos tipos se alejaban, uno de ellos era mi amigo Francesco, pero sí él estaba vivo… ¡Quién murió en su habitación! Quizá sí que tenía un caso entre manos después de todo. Estos tipos eran sospechosos de algo, de eso no había duda, y yo era detective. Para bien o para mal era detective. Revisé el cargador de mi pistola y salí de mi habitación dispuesto a seguirles. “Llegaría al final de todo esto, costara lo que costara”, me dije al tiempo que una bala furtiva me daba en el hombro. “Maldita sea, ¿por qué la gente prefiere disparar a preguntar?”, exclamé en voz alta, antes de sumarme a la refriega.

Después del tiroteo el silencio sepulcral era imperante de nuevo, algo anormal en un lugar lleno de ebullición. En los hoteles siempre había alguien paseando de aquí para allá. Una única figura se atrevió a pasar por allí, se trataba del botones, un joven asustadizo que parecía haber encontrado la valentía y habérsela guardado (casi literalmente). Se alejo de la escena con los bolsillos repletos: en el derecho, una Colt Commander 45, de 4.25 pulgadas con silenciador, que antes había sido propiedad de otra persona (y antes había pertenecido a otro hombre, y antes a otro…); y en el izquierdo, su más preciada nueva propiedad, un reloj de aspecto extraño que había tomado prestado de la habitación 522. Él aún no sabía qué tenía en su poder. Nada es tan sencillo como parece; al final, todo se complicaba. Siempre.

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Posted: 27 noviembre, 2010 by lagrannube in Novela Negra, Pensión Completa
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Capítulo 7

Habían transcurrido 15 años desde 1994. Entonces París ya no era la ciudad que tanto amé durante mi juventud, roja aun sin teñirse de sangre y que recordaré como cualquier paseo en barco por el Sena, un baile de graduación en un instituto de barrio (Dance me to the end of love) o la comida familiar del primer domingo de cada mes, donde la conocí, y que tan poco tiene que ver con la que fuera ahora la ciudad de mi desgracia, cambiando a golpe de revolver sus besos por sus mentiras, sus caricias por su traición y la más valiosa posesión de los Ancelotti por una vulgar imitación que desde entonces ya solo serviría para recordar el tiempo que restaba a que pasara algo.

De todos los crímenes cometidos en los últimos quince años la única razón común era la nostalgia. Ancelotti mataba porque Marinetti, que en esos tiempos también trabajó para nosotros, nos había traicionado. Yo mataba porque ella –Julia- me traicionó demostrando que bajo la dulce y cándida sobrina del gran anticuario Pierre Grignaldi se escondía una chica mucho más peligrosa y ambiciosa que nos pretendió engañar a todos sirviéndose de Marinetti, quien fuera tan estúpido como lo fui yo alguna vez como para creer que ella le quería.

En definitiva, todos matábamos porque las cosas ya no eran como antes.

Si Pierre Grignaldi, el último fabricante de relojes de cuerda de Paris no hubiera muerto de manera misteriosa, Julia no hubiera seguido con vida todos estos años, ya que siendo vencedora la muerte, ella se convirtió en nuestra última esperanza para descifrar la clave T1994, sumergiéndonos para ello en los secretos de su insólita familia, un poderoso clan de comerciantes de recuerdos casi convertido en nada tras la guerra fría.

Marinetti abandonó París el 28 de Junio de 1994 y mientras en el Boeing 727-21 una botella de Vega-Sicilia y dos copas doradas brindaban por un triunfo, en un apartamento a las afueras de París, una Luger se aplastaba contra mi frente y una voz fría como el hielo me dictaba un nombre y una dirección. La cuenta atrás había comenzado.

Dos hombres discutían en la lejanía, y sus voces sonaban cada vez más nítidas y cercanas. La puerta principal crujió al abrirse y el teléfono de la habitación de al lado no paraba de sonar. “¿Azulejos de baño rojos?” Pensó Camilo, mientras amartillaba por segunda vez la pistola. “Qué idea tan estúpida”.

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Posted: 19 noviembre, 2010 by cornik in Novela Negra, Pensión Completa

Capítulo 6

“Empezamos mal”, pensó Camillo Salviati nada más colgar su móvil. La situación había cambiado radicalmente y eso nunca era buena señal. En la parte trasera del hotel hacía un tiempo magnífico, y no se veía ni un alma en los alrededores. Aquel lugar era un paraíso de tranquilidad, pero Camillo no veía el momento de largarse de allí con Julia. En cuanto todo acabara se la llevaría de vuelta a casa, de donde aquella pequeña zorra no debería haber salido. Traicionarle a él, y de aquella manera. Si se portaba bien, quizás hasta llegara a perdonarla.

“Espero que haya una buena razón para verte por aquí”, escuchó a sus espaldas. Esa voz sólo podía significar que ya eran las cuatro y que El Guapo acaba de aparecer. Anteriormente sólo le había visto una vez, pero ya entonces supo que aquel tipo no podría caerle bien jamás. Con su impecable traje a medida, su paso elegante y su empalagosa mirada de superioridad. “Los jefes me enviaron en cuanto se enteraron” dijo Camillo. “Me temo que hay un cambio de planes”. Varessi ni contestó ni pareció inmutarse. En su lugar sacó uno de sus cigarrillos Toscano Classics y empezó a fumar, mientras le analizaba de arriba abajo con aquellos inquietantes ojos azules.

“Marinetti debió olerse que apareceríamos” empezó a decir Salviatti “porque repentinamente ha cambiado su fecha de salida del hotel a esta misma noche. Y aún hay más. No sólo no se va a quedar dos semanas, sino que encima hay alojados dos Francescos Marinettis. ¿Demasiada casualidad, no crees?”. “No creo en las casualidades”, contestó Varessi con calma. “¿De dónde sacaste la información?”. Camillo se encogió de hombros. “El director del hotel ha decidido amablemente ayudarnos a cambio de una gratificación. Por seguridad tendrás que hacerlo ahora mismo, pero tranquilo, te lo pondré fácil. Nuestro buen amigo el director nos ha facilitado los números de habitación de los dos Marinettis y una tarjeta maestra para que entres en las habitaciones sin problemas. Como no sabemos en cual está el auténtico, tendrás que probar”. Salviati le entregó la tarjeta y una nota con las direcciones, que Varessi guardó pulcramente en el bolsillo derecho de su chaqueta. “Acabo de hablar con los jefes y han dado luz verde al plan. Liquidas el asunto, recoges el paquete y me lo entregas. Luego te largas de aquí, ¿entendido?”. Camillo esperaba que el asesino a sueldo se quejara, o maldijera, o dijera que no pensaba trabajar en aquellas condiciones. Pero no. Varessi no era de esa clase. “Nos vemos en el hall en veinte minutos”, dijo. Y con toda la tranquilidad del mundo lanzó la colilla al suelo, se dio media vuelta y desapareció en el interior.

Camillo no paraba de dar vueltas por el hall, pensando que la elección de Varessi para el trabajo era un error. Él sabía lo que era lealtad. Llevaba trabajando para los Ancelotti desde que midiera lo suficiente como para birlar carteras en la calle. Había robado, chantajeado, torturado y hasta matado para ellos. Pero los asesinos a sueldo como El Guapo no sabían de eso. Esos cambiaban de bando tan pronto como alguien le ofreciera un trato mejor. Claro que él se fiaba de sus jefes, aunque no le dieran todos los detalles. ¿Qué demonios llevaba Marinetti consigo para tomarse tantas molestias?

Y luego estaba lo de Julia. En unos minutos El Guapo bajaría y no estaba de humor para ponerse a buscarla por todo el hotel. Se encaminó al mostrador de recepción, donde el lugar de su mujercita lo ocupaba una pelirroja con pinta de cajera de supermercado. “Disculpe”, le dijo Camillo en tono amable “No sabrá usted por casualidad donde puedo encontrar a Julia, la nueva recepcionista”. La chica parecía estar en las nubes y no le quitaba ojo al teléfono. “Pues… no estoy segura, pero juraría que se ha marchado al pueblo”. Salviati sintió una bestia en su interior luchando por salir y destrozar la mesa que tenía delante, pero consiguió contenerse. ¿Y no sabrá a donde fue, ¿verdad? ¿Quizás a su casa?”. La pelirroja se encogió. “Lo siento, no sabría decirle. De todas formas puedo dejarle un mensaje si lo desea ¿Oiga?” Camillo se había alejado del mostrador lleno de rabia. Cuando la encontrara se iba a llevar lo suyo, eso seguro. Pero lo primero era lo primero.

Consultó su reloj. Eran las cuatro y treinta y cinco, lo que significaba que ya había pasado media hora y Varessi no aparecía. Aquello no era normal. A pesar del riesgo que implicaba, sacó su móvil y llamó al Guapo. El teléfono comunicaba una y otra vez, pero nadie lo cogía. Y entonces Camillo lo vio tan claro como la luz del día. Aquel cabrón se había vendido. Alguien le había ofrecido un trato mejor y había desaparecido con el paquete. ¿Qué le diría ahora a los jefes? Pero tenía que comprobarlo. Tenía que subir allí y ver que había pasado con sus propios ojos. A paso ligero cogió uno de los ascensores y subió a la cuarta planta. Recordaba los números de las habitaciones (una la 415, y la otra la 522), pero no tenía ninguna tarjeta para colarse. Debía pensar rápido. ¡Claro! ¿No le había dicho Alphonso que hubo un error en los desayunos, que uno de los dos era alérgico al trigo?  Si Marinetti seguía allí se haría pasar por un miembro del servicio para disculparse y…. no hacía falta. La puerta de la 415 estaba entreabierta. Camillo respiró hondo, desenfundó su Beretta Cougar y entró sigilosamente.

El silencio era total. Salviati avanzó lentamente con la beretta en alto hasta el centro de la habitación, donde tal como esperaba encontró el cadáver tirado sobre la cama como un muñeco de trapo. Camillo recordaba perfectamente a Francesco Marinetti, aquel enano gordo y grasiento con el que una vez hizo tratos para los Ancelotti. El problema era que aquel tipo cubierto de sangre no se parecía en nada a un enano gordo y grasiento. Era más bien alguien atlético, apuesto, con una suave piel bronceada y unos ojos de un azul profundo que miraban desde el abismo con gesto de sorpresa, como si no acabara de creerse su destino. Pietro Varessi estaba muerto, y eso significaba que todo se había ido a la mierda. Camillo se llevó las manos a la cabeza. No sabía como, pero de alguna manera El Guapo había fallado, y Marinetti había huido, y a esas alturas ya estaría muy lejos de allí. Los jefes jamás se lo perdonarían, porque por muy fiel que les hubiera sido aquel paquete era demasiado importante. Podía huir, pero lo encontrarían, lo torturarían hasta la extenuación y lo matarían. Era mejor acabar ahora. Si al menos Julia estuviera allí, pero aquella zorra había volado igual que Marinetti. Ya no le quedaba nada. Camillo se llevó la beretta a la boca… No podía hacerlo. Tenía que… pero no podía. Y encima aquellos malditos sonidos. ¿Qué eran aquellos ruidos?

Dos hombres discutían en la lejanía, y sus voces sonaban cada vez más nítidas y cercanas. Instintivamente Salviati se metió por la puerta más próxima, la del baño, y cerró tras de sí. Aquella voz… Sí, había reconocido la voz pastosa de uno de los dos hombres. Sin duda era la del mismísimo Francesco Marinetti, que iba derecho hacia allí.  “¿Quién sabe?” pensó Camillo mientras amartillaba la pistola. “Si juego bien mis cartas puede que después de todo esto tenga un final feliz”.